4. La senda

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¿Cuando vale la pena
romper las cadenas
que nos atan al antiguo
yugo que ya se nos muestra
inservible, opresor?

¿Cuando es el momento
de dejar de pedir
y actuar?

Nunca es el momento
de aquello que tantos
ya han probado.

Las vías conocidas
de cambiar las cosas
mediante la acción violenta
solo nos desplazan
en este ciclo que

a lo largo de la historia
se va repitiendo.
No se puede perseguir un
cambio duradero, fructífero,

usando métodos que,
como se ha probado,
solo hacen que la rueda
siga girando.

Hay que ser consciente
que el primer paso para
cambiar las cosas
es el único.

Debes ser tú el que cambie
pero no adaptándote a lo que
nadie te diga que es la forma
sino buscándola en tu corazón.

Dejando a un lado la razón,
los pensamientos y los bajos
instintos que hacen surja la maldad.
Dejando el alma a la vista
es cuando se nos muestra

la senda que cada uno debe seguir.

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3. Cambiar

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Siempre hay cambios
que parece que puedan
cambiar nuestro futuro
y alterar nuestro destino.

A veces hay cosas
que parece que nos
puedan llevar a un
callejón sin salida.

No es en el bienestar
ni en la opulencia del
vivir bien y sin preocupaciones
donde se forjan

los caracteres capaces
de cambiar el mundo.
No el mundo físico,
sino el propio de cada uno.

Es en las tribulaciones,
en las pruebas que nos pone
la vida y busca nuestros
límites de resistencia

donde algo dentro nuestro
parece surgir, alterarse.
Como si algo que estaba
dormido empieza a despertar.

No es que nos cambie la vida
de un día para otro
ni veamos la luz.
Es que nuestro ser

empieza a pensar
por si mismo.
Es que nuestro ser
empieza a sentir

sin hacer caso del
como digan ni por qué
sino de lo que forma parte
realmente de nosotros.

El primer paso,
despertar.
El segundo paso,
dejarse oír.
El tercer paso,
cambiar el mundo.

2. Somos responsables

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Muchas personas piensan
que en algo pasajero,
como puede ser una marcha,
una manifestación,

cosas con un inicio y un final
no se puede lograr el
cambio real.
No hace falta ser violento.

Enfrentar la verdad
es toda la violencia
que necesitamos.

Sin respuestas iguales,
sin piedras, sin golpes.
Queremos cambiar la
estructura en la que vivimos,
no destruirla.

Debemos arreglar los
fallos que se cometen.
Vencer a la rabia y al odio,
la avarícia y la sed de poder

y conseguir una organización,
llamadle estado, democracia real,
como querais,
pero un poder de todos para todos.

No más callar y esperar.
No más ceder y gimotear.
Hay que decirlo bien claro:
esto es lo que quereis vosotros,
no el pueblo.

No hay que perseguir
un cambio radical
ni una revolución.
La sangre está muy bien
circulando por las venas.
No hay que sacarla de ahí.

Sin el reconocimiento,
sin la sumisión y el
apoyo de las masas
nadie tiene el poder.

1. No esperes más

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Uno espera, critica,
frente a su tele,
su radio, su ordenador.

Como si esperase que
las cosas se arreglen
sin mover un dedo.

Esperando un cambio
anhelado pero que
pese a desearlo
no ayudamos a que

de una vez por todas
llegue.
Buenos deseos,
solo eso.

Opinando en casa
o con algún amigo
pero sin juntar
las voces en un grito.

Un grito que nos despierte
del ensimismamiento
e impida que nos
sigan apretando la soga.

Ya es hora de mostrar
a aquellos que deciden
por todos contando solo
con los deseos de unos pocos.

No es cuestión solo
de estar representados
sino de ser serios
y en lugar de llenar párrafos
y montar el teatrillo

que nos escuchen realmente.
Que nos representen realmente
y si no son capaces
que dejen las butacas libres.

Al que lo ha visto todo,
desde fuera, sin implicarse,
no te digo, te sugiero:
¿por qué no dejas oír tu voz?

¿Por qué no nos permites
a los demás que quizás
pensamos igual o, al menos,
coincidimos en alguna opinión,
ver que no estamos solos?

Somos muchos individuos
los que ya estamos hartos.
Cada día somos más
indignados.